Nadie merece ser llevado a enamorarse de alguien que no sabe a dónde va a llevarlos el amor. Ese alguien, enamorado, o a punto de hacerlo, con etiquetas al ¿qué somos? o sin ellas, no sabe a ciencia cierta hasta dónde van a amarse, cuánto van a amarse, o qué surgirá de ese amor. Quizá lo intuye, lo pone en su hoja de ruta y lo adivina con la punta de los dedos, pero no puede estar totalmente seguro de qué va a pasar. Porque es el futuro, y en el futuro, así como en el amor y en la guerra, todo vale, y menos mal.

Y repito. Nadie, nadie, nadie… merece ser llevado a enamorarse de alguien que no sabe a dónde va a llevarlos el amor. Pero se enamorará… sabiendo lo que se juega o quizá sin saber lo que va a perder. Se enamorará solo o con ese nadie, que también juega a doble o nada o que quizás, inconsciente, juega por jugar. Y todo por amor. Nadie por amor. Alguien por amor.

Y por eso merecemos sin merecer. Porque la posibilidad de dolerse no la merece nadie, pero la posibilidad de amar la merecemos todos. Y acaba siendo un juego, por llamarlo de alguna forma. Un juego en el que quizás no adivinemos el futuro pero sí, encontremos el amor.

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