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Estoy aquí, contigo

Estoy aquí, contigo

Lo único que sé es que llegará un día en el que te sientas más hecho mierda que feliz, en el que creas que todos te han abandonado y que estás solo, aunque algunos queden cerca de ti y te los tapes con las trampas de un engaño.

Un día, ese día, recuerda que, aunque tú creas lo contrario, no estarás solo. Que si empiezas a darte amor, y abres la puerta un poco, solo un poco, y de a poco para que pueda estar contigo de alguna forma, siempre estarás acompañado. Luchando juntos, venciendo juntos, mano a mano, corazón a corazón, hasta que no haya más guerras que vencer ni futuros que salvar.

Porque tú eres la persona más fuerte que conozco, la más valiente, y la que puede salir de los pozos que una vez parecieron tan negros. Tan solo sacando una brocha de humildad para pintar los negros de blanco, o al menos, salvarlos con un gris.

Porque cuando parece que todo se viene abajo y te da por empezar a quererte un poco, para blindarte contra algún vacío sin vuelta atrás, te das cuenta de que los caminos sin retorno y los imposibles han sido siempre inventos de malos inventores. Y que sólo eres un viajero con una mochila cargada de limitaciones creadas por ti mismo.

Y nada tiene que ver con la soledad, ni con la bipolaridad, ni siquiera con una doble personalidad. Cuando haces el esfuerzo de quererte estando más hecho mierda que nunca, te das cuenta que la mierda siempre ha estado en todas partes, que siempre estará, y que eres afortunado de tener la oportunidad de quizá poder cambiar algunas cosas.

Así que lo único que sé es que, si a mí me pasó y me he salvado por haberme querido y porque me hayas querido, tú te lo mereces más que nadie.

Dame algunas llaves y yo, así como un día hiciste tú, empezaré a abrirnos algunas puertas.

 

 

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Despegando

Despegando

Nos sonreímos desde el principio. Yo era uno de esos pasajeros despistados que se sientan por error en asientos equivocados. Y tú eras la azafata con la sonrisa más bonita que había visto en mucho tiempo.

— ¿29B? —dije.
— Por este pasillo, por favor.
— Mira que soy un despistado y no sé si lo encontraré.
— Es por este, no tiene pérdida.
— Vale, pero sálvame de mí si es necesario.
— Vale.

Seguí por el pasillo… 26… 27… 28… recordé tu sonrisa… este es.
Ya sentado y acomodado:

— Perdone señor, este asiento es el mío.
— ¿Ah, sí? ¿Cuál es este?
— 30B.
— Le creo. Deme un momento…

Efectivamente… La sonrisa me había despistado…

Reubicado en el 29B, una voz femenina murmura desde detrás:

— Perdone señor, pero este asiento es el mío.
— No me digas que me he vuelto a equivocar…

Me giré y vi cómo me sonreías a quemarropa:

—Me has asustado. Creía que ya me estaba volviendo loco.

Reímos juntos en esas carcajadas silenciosas que, con disfraz de ataque de risa, hacen llorar a los viejos amigos.

— Sabía que era un peligro dejarte solo.
— Entonces no vuelvas a dejarme, quédate…

Nos miramos a los ojos:

— ¿Cómo te llamas?
— N. ¿Y tú?
— Amanda.
— ¿Te gustan los despistados Amanda?
— Parece que sí.
— ¿Quién es ahora la peligrosa?
— Para mí sigues siendo tú, guapo.

Te miré como nunca lo había hecho en las nubes. Y vi, nuestros pies bailando en la arena al amanecer, nuestro viaje a la India en busca de un nosotros a medida, y aquella chimenea que nos hizo arder en los veranos menos calurosos.

Y tú lo notaste, que fue lo mejor.

— Me tengo que ir para el despegue, después hablamos.
— Vale. —pude decir mientras te deslizaba suavemente la mano por el antebrazo.

Y te fuiste a la cabina. Y te miré, mientras andabas por aquel pasillo. Te sonreí… 23… 22… 21… y te giraste.

Sonrisas a cámara lenta.

Y no te diste cuenta, pero tus mejillas habían tomado color. Un rojo, que ya me iba quemando los futuros.

Y sin darme cuenta, ya estábamos en la pista juntos… despegando… y con 12 horas de vuelo por delante…

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Doble o nada

Doble o nada

Nadie merece ser llevado a enamorarse de alguien que no sabe a dónde va a llevarlos el amor. Ese alguien, enamorado, o a punto de hacerlo, con etiquetas al ¿qué somos? o sin ellas, no sabe a ciencia cierta hasta dónde van a amarse, cuánto van a amarse, o qué surgirá de ese amor. Quizá lo intuye, lo pone en su hoja de ruta y lo adivina con la punta de los dedos, pero no puede estar totalmente seguro de qué va a pasar. Porque es el futuro, y en el futuro, así como en el amor y en la guerra, todo vale, y menos mal.

Y repito. Nadie, nadie, nadie… merece ser llevado a enamorarse de alguien que no sabe a dónde va a llevarlos el amor. Pero se enamorará… sabiendo lo que se juega o quizá sin saber lo que va a perder. Se enamorará solo o con ese nadie, que también juega a doble o nada o que quizás, inconsciente, juega por jugar. Y todo por amor. Nadie por amor. Alguien por amor.

Y por eso merecemos sin merecer. Porque la posibilidad de dolerse no la merece nadie, pero la posibilidad de amar la merecemos todos. Y acaba siendo un juego, por llamarlo de alguna forma. Un juego en el que quizás no adivinemos el futuro pero sí, encontremos el amor.

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